sábado, 6 de noviembre de 2010

Rafa's

(Rosas, Gerona)

Hay muchas maneras de conocer un restaurante. Se puede comprar una de las numerosas guías gastronómicas con un gran listado de sitios que unos críticos elevan por encima de otros. Los amigos siempre te recomendarán el último lugar en el que han estado como el mas recóndito de los escondites que ellos acaban de descubrir cual piratas a la búsqueda de un tesoro. Y, como otra mas de las fuentes de las que te puedes surtir, está la televisión.
Desde que me enteré que algunos restaurantes salían recomendados en los programas de televisión sólo porque pagaban el consabido impuesto revolucionario para conseguir un reportaje, dejé de fiarme de cualquier referencia que se hiciese en la televisión a ningún restaurante.

Pero tan pronto me impongo una norma, también incluyo en su enunciado una cláusula que me permita sortearla en ciertos momentos.
Eso es lo que ocurrió cuando en el capitulo dedicado a Gerona de la serie gastronómica de la BBC “Spain on the road”, el equipo de rodaje dedicó unos minutos al restaurante Rafa’s de Rosas. Se veía un restaurante pequeño, regentado por una pareja encantadora en el que su atractivo estribaba en el mostrador de pescados y mariscos donde el comensal puede elegir el pescado fresco que se lo prepararán en el momento. Cierto que explicado así no parece gran cosa, pero visto en el reportaje infundía ese entrañable gusto de las cosas simples bien echas.

Así que cuando he tenido que organizar el fin de semana en Rosas para ir a comer a El Bulli, la parada por Rafa’s me ha parecido obligada.

Lo primero que hay que destacar del restaurante es su fachada, decorada con tallas de madera que en un principio nos desconcertó y nos hizo dudar de si era el sitio o un restaurante africano. Si bien la dirección era la correcta, C. Sant Sebastiá 56, el nombre que aparecía en la puerta incitaba a error: Rhoderosesrafa. Tuvimos que mirar por la cristalera para asegurarnos de que el sitio era el que íbamos buscando.
Rotulo del Restaurante
Exterior del Restaurante












Una vez dentro sólo 5 mesas, una vitrina con el género y una pequeña barra con la caja registradora. Afortunadamente había sido previsor y había reservado, ya que se tardó poco en llenarse el restaurante.

De la que entramos, el dueño y cocinero, se encontraba junto a una pareja de extranjeros ya sentados a la mesa, libro en mano, explicándoles que esa misma noche iría a cenar allí mismo el autor del libro, nada menos que Albert Adriá, hermano del famoso cocinero Ferrán Adria. Casualidades de la vida, justo la noche antes de que yo vaya a ir a disfrutar de mi reserva a su restaurante, estaría sentado al lado de su hermano.

Dejando ya de lado la anécdota de haber estado cenando al lado de Albert Adriá, paso a comentar la grandiosa cena.

La oferta para comenzar constaba de coquinas, almejas, navajas, gambas, langostinos, chopitos y una larga lista de opciones que ya no recuerdo. El cocinero nos indica que, excepto las navajas y las almejas que se las hace traer de Galicia, el resto es todo de la zona así que nos inclinamos por unas tallarinas, nombre que el da a las coquinas y que claro está, pedimos que nos clarifique para asegurar que no pedimos algo totalmente diferente a lo que esperamos. También añadimos a la comanda unas gambas y, como nos parece muy original cuando nos lo ofrece, unos chopitos con boletus.

Lo primero que nos llega son las tallarinas/coquinas. Es un plato sencillo, una vez que se abren al fuego están listas para servir, pero en este caso un toque de aceite por encima, mas el aroma que debe brotar del mismo fuego de la plancha, añade un toque sublime al plato. Nunca había mojado pan en un plato de coquinas, pero para todo hay una primera vez.

Las coquinas

Luego los chopitos con boletus y tiras de jamón. Unión de mar y montaña, originalidad sobre la mesa. Ninguno de los ingredientes sobresaliendo por encima del otro y todo dotado de un gran equilibrio que merece la pena probarlo.

Los chipirones con boletus cuando ya habíamos empezado....

Como último entrante unas gambas plancha. Un plato que puede parecer sencillo pero en el que un buen cocinero ha de demostrar su habilidad a la hora de dominar los puntos de cocción en la plancha así como su destreza para seleccionar los mejores productos, ya que han de presentarse tal cual en la mesa.

Tras todo eso llegó el momento de elegir el plato principal y la oferta que se nos proponía volvía a ser enorme: lubina, lenguado, rape, gallineta, negrita,…. Puesto que la intención era también seleccionar pescado de la zona, y más concretamente, alguno que no soliésemos encontrar en nuestro mercado, seleccionamos la gallineta.

Me acerqué al mostrador y ví a un ejemplar enorme, rosado y fresco. Afortunadamente sólo un lomo era para nosotros, de otra manera aún estaríamos allí intentando acabar la cena. Tras pasar por la plancha, y con un toque de aceite con ajos tostados, llegó a la mesa, con un aroma delicioso. Su sabor igualaba olor y hemos disfrutado de lo lindo con dicho pescado.


Antes...

Después...

De postre, también un variado surtido, la elección ha sido una tarta de chocolate con laminado de almendras que, de lo rica que estaba, nos ha dejado un momento intentando descubrir cómo la habían hecho para intentar emularla una vez lleguemos a casa.


La cena finalmente ha terminado y, con el estomago listo para explotar, nos hemos despedido de la encantadora pareja y nos hemos encaminado al hotel. Albert Adriá, y su familia, ya se habían ido. Como no soy de ir molestando a la gente pidiéndola autógrafos, no queda constancia de dicho eso mas que la veracidad de mi relato.

sábado, 7 de agosto de 2010

Kabuki: Un buen Japonés en la capital.


Siempre he tenido fascinación por la cocina Japonesa, pero como dicha inclinación no era compartida con mi mujer, mi acercamiento a su gastronomía sólo pasaba por las típicas recetas de sushi que se pueden encontrar en los Restaurantes autodenominados “Asiáticos” (¿Acaso existirán Restaurantes “Europeos” en Asia?). Así que con la limitación culinaria que aportan dichos restaurantes, donde la selección de cocina japonesa se reduce a una corta variedad de sushi, mi conocimiento hasta la fecha había sido un poco limitado.

Con esta premisa, cuando ha habido la oportunidad de ir a un Japonés en compañía de un gran amigo, y sin mi mujer claro, no lo he dudado y he buscado el mejor de la ciudad. Según todas las referencias de las revistas/webs especializadas, el restaurante Kabuki es el que mejor representa esta cocina en la capital. La oferta culinaria de Kabuki en Madrid está representada por el Restaurante original, abierto en el 2000, y por otra propuesta , denominada por ellos mismos como “la cocina de Kabuki vestida de largo”, que es el restaurante Kabuki Wellington (único Japonés de la capital con una estrella Michelin).  

Con la intención de no dejarme medio sueldo en la cena, la elección fue clara e hice reserva en Kabuki con la intención de degustar todas las posibles variedades gastronómicas de la cocina Japonesa. Dejaremos el restaurante con la estrella Michelin para otra ocasión. 

En lo que se refiere al restaurante diríamos que su decoración es escasa. Algunos dirían que minimalista, pero incluso la tendencia llamada minimalista cuenta con ciertos detalles decorativos, reducidos a su más mínima expresión, que en este caso ni existían. Un local sin ninguna decoración, ningún detalle diferenciador, no se puede considerar como minimalista, se puede considerar, si acaso, sobrio. Paredes y mesas desnudas, y uniformes en la sala sobrios. Ningún detalle que augurase al comensal, nada mas entrar en el local, creatividad alguna en la propuesta del restaurante. 

Afortunadamente esta sobriedad no se veía trasladada a la propuesta gastronómica y el menú me dejó boquiabierto en cuento a la gran cantidad de posibles y apetecibles platos que allí se encontraban. La selección fue difícil y, con la ayuda de mi acompañante, y de la jefa de sala que nos hizo ciertas recomendaciones, conseguí, con gran esfuerzo, decantarme por alguno de ellos. Afortunadamente me quedé con ganas de probar muchos de ellos lo cual me dará excusa para volver otro día. 

Mi cena empezó con una ensalada de algas con atún, langostinos y cangrejo. Las algas en su punto justo de cocción, respetando todo su sabor y con un aderezo de vinagreta que respetaba los sabores naturales de todos los ingredientes.  

A continuación sashimi de vieira con sal negra y sal roja. Me encanta la vieira pasada ligeramente por la plancha, pero en crudo y con el toque de las sales obtienes un bocado delicioso y casi cremoso en boca. Realmente exquisito. 

Luego compartimos una selección de shushi (de pez mantequilla con cebolleta y trufa, de anguila y de wagyu). El de anguila y el de pez mantequilla realmente recomendables sin embargo el de wagyu no fue de mi agrado, no tanto por la carne sino porque iba envuelta en un rollo de piel de pescado que ocultó por completo cualquier sabor que podría tener la carne. 

Como plato principal costillas de wagyu en salsa teriyaki. Realmente una delicia. La carne, como suele decirse, parecía mantequilla y se deshacía en la boca, y la salsa aportaba un toque denso de sabor que permitía acompañar cada bocado en su justa medida. 

Finalizamos la cena con la versión de Kabuki del postre de Oriol Balaguer de su 7 texturas de chocolate y de un  cremoso de yuzu con fresones. Deseo comentar en este punto que la carta de postres no se encuentra integrada en el menú. Nuestra camarera nos comentó que no tenían carta de postres, realmente extraño, y sólo atinó a decirnos dos postres (evidentemente elegimos los dos), pero se me hace un poco difícil creer este hecho que, de ser verdad, es un defecto que deberían corregir porque afea un poco el final de cualquier comida dando la sensación de temporalidad y porque no permite al comensal disfrutar de ese momento que es el de ir descubriendo las propuestas dulces e irse recreando en cada una de ellas para hacer la selección perfecta. 

Es cierto que en la cocina de Kabuki se distinguen ciertos toques de adaptación al paladar europeo, y si bien no conozco en profundidad la cocina Japonesa, recomiendo fervientemente este restaurante a cualquiera que quiera un acercamiento a dicha cultura gastronómica. La propuesta que hace Ricardo Sanz y que ejecuta a la perfección Mario Payán tiene todo lo necesario para ser una referencia de esta cocina en la capital.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Reserva para "El Bulli"

El primer mail que envie el 1 de Enero de este año fué una solicitud de reserva a "El Bulli" para celebrar el 10º aniversario de boda.

Desde entonces he estado revisando mi cuenta de correo todos los días con la esperanza que ser uno de los elegidos entre los varios millares de reservas que reciben cada año. Se supone, eso dicen en su página web, que seleccionan 50% de nuevos comensales, y 50% de gente que quiere repetir.

El mail que les envié mezclaba la emotividad (apelando al motivo de la celebración del aniversario de boda) con la humildad de no ser muy exigente con las fechas para así darles mas opción de encajarnos cuando mejor les convenieses (aunque les indiqué las que mejor nos vendría en relación a la fecha de nuestra boda).

Días después de enviar el mail, Ferran Adriá anunciaba que iba a "cerrar" durante dos años su restaurante para dedicarse a labores "creativas". Podéis imaginaros lo que pasó po mi cabeza en ese momento: ahora que me había decidido a intentar reservar en El Bulli, ¡va y lo cierra! A tener que esperar hasta el 2014, porque seguro que para el próximo año, que aún abrirá, va a haber millones de solicitudes sólo por si no vuelve a abrir después de este impasse.

A estas alturas de Marzo, y viendo que el tiempo pasaba sin saber nada de mi solicitud, cada día lo veía mas difícil. ¡Per de vez en cuando se tiene suerte! ¡y esta tarde he recibido mail de confirmació de reserva de El Bulli!.

Aún quedan varios meses hasta la fecha señalada, la espera va a ser larga, pero estoy seguro que va a merecer la pena.

Estaros seguros que aquí contaré todo.

sábado, 13 de febrero de 2010

"La Fayette", Madrid

Por su nombre es fácil adivinar el tipo de cocina que nos podemos encontrar en este restaurante situado en el  barrio madrileño de Las Tablas.

Nada mas entrar la elegancia del local sirve de carta de presentación a sus intenciones, las de situarse en un lugar destacado en la lista de restaurantes de calidad de la capital, aunque esto siempre hay que refutarlo con la oferta culinaria, pero la predisposición la encuentras nada mas entrar por la puerta. El restaurante es pequeño, contabilicé unas 10 mesas, elegantemente decorado y en su conjunto con un ambiente distinguido y acogedor.

La carta es corta, “sobria y concisa” [sic]. Dicha situación hemos de suponer, a tenor del espacio en sala, que se ha de deber a que la cocina tampoco debe contar con un gran espacio y que han de mantener una carta reducida. Lo que implica que la oferta no es muy variada: 8 entrantes, 4 pescados, 4 carnes y 7 postres. Eso si, una oferta de vinos que debe llegar a unas 100 referencias.

Una carta así obliga a mantener una renovación frecuente de su oferta para así incitar al cliente a volver para disfrutar de unas nuevas propuestas. Estaremos pendientes para ir evaluando la evolución de su cocina.

La cena comenzó con unos aperitivos de la casa: una pequeña tarrina de gazpacho “francés” [sic] en el que ni mi mujer ni yo supimos encontrar la diferencia con cualquiera de las variantes españolas; y luego un mejillón escabechado que nos sorprendió gratamente por su suave sabor. 

En cuanto a los platos elegidos del menú empezaríamos diciendo que los entrantes eran mejorables. No me gustan aquellos entrantes que dan muestras de haberse preparado tiempo antes y que sólo requieren seleccionar una ración y llevarla a la mesa. Me gusta pensar que preparan los platos en el momento para mi y que llegan a la mesa recién hechos. Vale, cierto que el Foie-gras ha de prepararse con mucha antelación, pero ni si quiera iba acompañado con las necesarias raciones de pan recién tostado, y el “Pissaladière” (una variante francesa de la pizza) era una parte de un plato anteriormente horneado y del que sólo habían seleccionado una ración para emplatarla. 

En los segundos, nos decantamos los dos por pescado, Rodaballo y Medallones de rape, que demostraron el buen hacer del chef. Si anteriormente opinaba sobre los entrantes es de justicia ensalzar en este caso el plato de Medallones de rape, risotto de colmenillas, refrito de cítricos y aceitunas negras.  El rape en su punto de ideal de cocción, y muy interesante el acompañamiento de cítricos en contraposición con la suavidad del rape. Comentario aparte merece el risotto: una delicia cremosa que inunda todos los rincones de la boca en una explosión de sabor. Puede parecer una exageración, pero cabe decir que mi mujer prefirió no acabar parte de su plato y atacar el risotto de mi plato. 

Llegamos al postre ya con poco hueco para mucho mas, pero, como ya he comentado anteriormente en otro post, si no acabo las cenas en los restaurantes con un postre no me quedo satisfecho. Sin embargo, de entre la oferta de postres, ninguno de ellos reclamaba mi atención y no tenía clara ninguna selección, así que nos dejamos aconsejar por el maître y tomamos las Crepes «Suzette». Este es un postre francés mundialmente conocido, que de no aparecer en la carta nos decepcionaría como restaurante francés, y que no se suele encontrar en ningún otro tipo de restaurante. Así que supongo que por eso es el recomendado, por su originalidad y por el hecho de que difícilmente ningún comensal puede realizar comparación con ninguna receta de otro restaurante.  Pero cabe decir que no es mi caso y que las Crêpes forman parte de mi recetario personal gracias a la tradición familiar (no soy tan presuntuoso como para pensar que las que yo cocino son las mejores) así que considero que puedo comentar este plato con cierto fundamento. 

Las Crêpes se acompañaban de un helado de vainilla de Bourbon y de una compota ligera de naranja (quizás sería mejor identificarla con una salsa de naranja que con una compota). Y el fallo estribaba precisamente en la compota de naranja que desgraciadamente bañaba enteramente el plato, cubriendo las Crêpes por completo e imponiéndose su sabor al de cualquier otro. Así que fue imposible apreciar el sabor de las Crêpes. El helado de vainilla estaba bueno.

Por último comentar el vino recomendado por el jefe de sala, uno blanco de la Alsacia (mi mala memoria me ha hecho olvidar su nombre) afrutado del que no dejamos ni una gota, y eso que últimamente entre los dos nos cuesta acabarnos una botella entera.

En resumen yo diría que este restaurante ha tenido un comienzo correcto con camino para evolucionar y mejorar, y del que hay que seguir de cerca porque tiene un futuro prometedor. Espero con ganas que su nueva propuesta no tarde en llegar. No dejéis de ir.


martes, 26 de enero de 2010

"Fast-Good" by Adriá y NH Hoteles

Hace unos veinte años nació en Europa una corriente denominada "slow food" que pretendía oponerse a lo que por entonces conocíamos como “fast food”. La intención de esta tendencia fue dar “respuesta a la invasión homogeneizante de la fast food” y en la actualidad se centra en conocer qué comemos, de donde viene, cómo sabe y cómo nuestras elecciones afectan al resto del mundo. “una actitud que Slow Food ha llamado eco-gastronomia, capaz de unir el respeto y el estudio de la cultura enogastronómica con el apoyo a cuantos en el mundo se ocupan de defender la biodiversidad agroalimentaria”

En este marco Ferran Adría y NH Hoteles crearon una propuesta que se basaba en la idea de proporcionar una comida rápida pero de calidad. Y la llamó “fast good” en clara referencia a lo que el cliente podría encontrar en el menú: Comida buena y rápida.
Principalmente la oferta se basa en las mismas opciones que se pueden encontrar en los restaurantes de comida rápida: Hamburguesas, bocadillos, sándwiches y algunas ensaladas. La diferencia estriba en que Ferrán hace hincapié en cuál es la calidad de los ingredientes que componen sus platos: carne ecológica 100% de vaca, paletilla ibérica, etc.

Los precios se encuentran algo por encima con respecto a las otras propuestas, pero se ajustan a la calidad que proporcionan.

En definitiva es un lugar recomendable al que ir de vez en cuando, y con el que podremos contentar tanto a nuestra conciencia como a nuestros crios cuando pidan una hamburguesa y no queramos ir a un local de “comida basura”.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

“El Txoko de Martín”


Martín Berasategui ha establecido una colaboración con El Corte Inglés y como resultado se ha abierto en su centro de la calle Goya el primer “El Txoko de Martín” con una propuesta gastronómica asesorada directamente por el chef.

Este tipo de colaboraciones, en las que un conocido cocinero crea/diseña unos platos especiales para un ambiente que no es el de su propio restaurante de alta cocina, no es la primera vez que ocurre. Ferran Adrià acercó su cocina a un público más amplio a través de la marca Fast Good y de los espacios gastronómicos nhube de los hoteles NH, Santamaría colabora con la cadena Hesperia, Arzak asesora a la marca Kaiku, y así un largo etcétera.

No voy a entrar a discutir si esto se debe a una motivación únicamente pecuniaria, la de sacar la mayor rentabilidad posible a su figura, o como acto altruista de acercar su cocina a un grupo mayor de personas. Lo que si sé es que este hecho nos permite disfrutar de ciertas creaciones a unos precios más asequibles que las que ofrecen en sus restaurantes. Cierto es que la oferta está acorde con el precio y son creaciones de “otro” nivel, no de mala calidad, pero se establecen claras distinciones de lo que puedes encontrar en uno y otro sito para que las marcas no se pisen cuota de mercado y se dirijan a un publico bien diferenciado. En definitiva vienen a rellenar el hueco existente entre la alta cocina y el modesto comensal de a pie.

Con todo esto ocurrió que el pasado domingo, cuando estábamos paseando por la calle Goya de Madrid decidiendo dónde comíamos, llegamos a las puertas de El Corte Inglés en donde en uno de sus escaparates se podía ver un anuncio a toda ventana del restaurante de Martín Berasategui en la planta 6ª. Evidentemente a partir de ahí no hubo discusión. Conforme subía el ascensor iba imaginándome cómo sería la propuesta gastronómica. ¿Sería en la línea del Fast Good? ¿Sería una propuesta más vasca con pinchos variados? ¿Acaso un modesto restaurante? Pues nada de eso. Decir que una vez nos enteramos de cual era la oferta estuvimos pensando en marcharnos.

Resulta que Martín Berasategui sacó hace tiempo una línea de platos congelados que se pueden encontrar en los supermercados (o al menos yo los he encontrado en los supermercados Hipercor) bajo la marca “mis platos de casa” y que son recetas de las de toda la vida (croquetas, albóndigas, pimientos rellenos, sopas, canelones, etc.) cuyo aliciente se basa en el nombre de Berasategui y en la alta calidad de sus ingredientes, pero que no dejan de ser las recetas de las abuelas si acaso con un “toque” diferente, razón por la cual aún no me he lanzado a comprar ninguna de esas propuestas.

“El Txoko” consta de dos zonas diferenciadas. Una de ellas acondicionada como restaurante propiamente dicho con una oferta de Menús ya fijos y otra organizada en torno a raciones y tapas. Pues es caso es que el peso de la oferta de esta área de “El Txoko de Martín” se basa en sus platos precocinados. Si acaso se han añadido unas ensaladas, un apartado del menú bajo el epígrafe “Sándwiches” y nada más. Es decir, los platos calientes del menú son los congelados de su línea “mis platos de casa”. Nos sentimos un poco decepcionados ya que en ningún momento se indicaba dicha circunstancia y cualquiera podría creer que eran platos cocinados en el momento. Como íbamos con los críos y ya era tarde, decidimos aguantar la situación y hacer de tripas corazón. La comanda se basó en probar sus dos recetas de albóndigas (con salsa de tomate y salsa de zanahoria), las croquetas de jamón, morcilla con puré de manzana y una ensalada. La calidad de los platos es incuestionable, y, teniendo en cuenta lo comentado anteriormente sobre que no se puede esperar los mismos sabores que en su restaurante de Lasarte, salimos satisfechos si bien con el sinsabor de haber esperado algo diferente a lo que podríamos haber comprado en el supermercado.

La próxima vez iremos a la zona de los menús para así tener la visión total de la oferta que Martín Berasategui nos quiere presentar con la propuesta de “El Txoko de Martín”.

domingo, 13 de diciembre de 2009

“La Carnicería”. Cuando las cosas se hacen mal.

“¡¡ Las mejores carnes del Mundo!!” así reza el slogan que pone el Restaurante La Carnicería en su tarjeta.

No voy a entrar a discutirlo porque, dejándonos influenciar por nuestro hijo mayor que quería costillas, se nos ocurrió pedir una parrillada española en lugar de uno de los platos en el que servían su repertorio de "las mejores carnes del mundo". De todas maneras dicha oferta se basa en la posibilidad de elegir entre 3 platos de 12, 8 o 6 brochetas de diferentes carnes de todo el mundo. El resto de opciones del menú se reduce a una selección básica, principalmente autóctona, de carnes.

Parece que, con lo que debe costar montar y mantener un restaurante, hay dueños que a estas alturas sólo se preocupan de lo que hay puertas para dentro de la cocina y de nada de lo que ocurre en la sala. El caso es que en esta ocasión, la comida no fue nada agradable debido a esas cosas ajenas al menú.

El espacio de comedor de este restaurante es reducido y se han empeñado en obtener el máximo rendimiento posible metiendo todas las mesas posibles. No quisiera hacer una analogía con una lata de sardinas ya que una sardina siempre tiene justo el espacio que necesita, así que nosotros estábamos peor que las sardinas ya que no disfrutábamos de ese espacio necesario para tener la mínima comodidad que se espera en un restaurante.

A mí en un restaurante me gusta sentirme mimado. Cierto que hay algunos en los que el trato se parece al de una madre con un hijo que recién ha aprendido a comer solo, que no le deja que haga casi nada sin supervisión. Ni este extremo ni el de conseguir que te sientas un completo extraño que tienes que avergonzarte por ser un cliente e ir excusándote por molestarles pidiéndoles las cosas.

Justo al sentarte a la mesa, lo básico es que se te ofrezca el menú al instante para poder así empezar a decidir qué comer, y no que pasen los minutos, la camarera se pasee delante tuyo sin hacerte ningún caso, te vayas sintiendo ignorado, y finalmente tengas que llamar su atención para solicitar que traigan unas cartas.

Pues así seguía sintiéndome cuando, tras haber sometido a decisión salomónica el contenido de lo que íbamos a comer, había pasado el tiempo y la camarera seguía pasando a nuestro lado sin atendernos. Supongo que detalles tan sutiles como que los menús estaban esperando en el borde de la mesa desde hace tiempo, en clara demostración de que ya no los necesitábamos y podían tomarnos nota, se le escapaban a los camareros porque por segunda vez tuvimos que reclamar su atención para que nos atendiesen. Pero la incompetencia del servicio tendría otra ocasión más de quedar al descubierto cuando, al poco de haber indicado cuál era nuestra comanda, volvería la camarera para preguntar qué era lo que habíamos pedido ya que o bien ni ella misma entendía lo que había escrito o, peor aún, no estaba prestando ninguna atención a lo que le decíamos.

Las cosas como son, el caldo que pedimos como entrante estaba riquísimo y las croquetas de los críos de masa muy suave. Pero la eternidad que pasó hasta que nos trajeron el plato principal de carne (nuestra impresión es que se olvidaron de nuestro plato) siguió aumentando nuestra decepción en cuanto a la elección de Restaurante. Quede reflejado también que en la “parrillada española” también había pollo (siempre que veo pollo en este tipo de plato tengo la sensación de que me están tomando el pelo. Me imagino al cocinero diciendo: “pues le metemos pollo y se lo cobramos como solomillo”) y que tuvimos que devolverlo a la cocina ya que llegó crudo por dentro.

Con todo esto, yo, que como ya he comentado por aquí, me gusta acabar toda comida con un postre, en esta ocasión no me atreví a pedir postre alguno para no tentar a la suerte ya que lo menos que nos podría pasar es que nos llegase a la hora de la cena. Así que tan pronto terminamos la carne pedimos la cuenta y aún nos dio tiempo a tener la última muestra de incompetencia del servicio. En la factura venía incluido ese concepto tan extraño que es el cobrar por “El Pan” (otros lo denominan“Servicio” y otros “entrantes” cuando te ponen 5 aceitunas). Que te cobren 6€ por persona por el pan es como decir “Si no dejas propina al menos te cobro eso y si sí la dejas eso que me llevo”. Pero el caso es que en esta ocasión, otro añadido a la lista de despropósitos, no nos habían traído ningún pan a la mesa, pero claro, pretender que se hubiesen dado cuenta de eso era demasiado pedir, así que tuve que reclamarlo para que nos lo quitasen de la cuenta.

Puesto que uno no pide el libro de reclamaciones por todas las cosas anteriormente contadas (a veces deberíamos hacerlo para que no nos tomen el pelo), la cuantía de mi propina siempre refleja mi satisfacción por la comida y, como no creía que me fuesen a devolver dinero, esta quedó reducida a la mínima expresión.
Con esto terminamos la comida y salimos al frio de la calle con la decepción instalada en nuestra cabeza para susurrarnos que mejor nos hubiese ido si hubiésemos atendido la petición de los crios y hubiésemos ido a un McDonald.

“La mejor carne del mundo”, el peor servicio.